no es un ornato de la escuela, ni un depósito de libros,
sino un tesoro vivo del saber en donde cada tomo guarda un mensaje especial.
Estas obras son un incentivo para la investigación y el estudio. Tenemos empeño en crear en nuestros discípulos el hábito de la lectura, porque sabemos que si en la edad juvenil no se le toma cariño será difícil que más luego pueda despertarse esta afición.
Empero, si tempranamente se estimula y encauza, los libros serán los compañeros y amigos de toda la vida, los que a distancia harán gustar del pensamiento ajeno
y ampliarán dadivosamente el mundo propio.
La vieja escuela abusó del libro hasta el punto de que se llamara despectivamente enseñanza libresca la que se hacía por medio de textos que habían de aprenderse de memoria. Pero el término debería estar ya fuera de vigencia o tomar otro sentido, porque el libro –usado inteligentemente desde luego—seguirá siendo el máximo vehículo de la cultura, el señorial instrumento que servirá para afinar y enriquecer la inteligencia”.