“Algo vibra perennemente en el Gimnasio Moderno: es el entusiasmo, es la fe, es la voluntad que mueve en un ascenso continuo, terco, decidido, juvenil. Es un alma en tensión. Hay energías, palpitaciones de juventud y sueños de adolescencia.
Todo ello tiene su sentido y su eficacia. No somos sonámbulos empeñados en realizar dormidos nuestros sueños. Soñamos, si, pero partimos de la realidad en cada uno de los detalles de nuestra obra”.
Esas fueron las palabras de don Agustín Nieto Caballero en la colocación de “la primera piedra” de los edificios del Gimnasio Moderno, el 12 de octubre de 1918. Era la realización del sueño de 17 jóvenes de la estirpe bogotana que creían en el poder de alzarlo desde la nada y que, partiendo de la orilla visionaria e íntima de cada uno, emprendían la consecución de un anhelo común: crear un colegio.
Debía ser un plantel capaz de albergar la simiente de un ideal hasta entonces inimaginable: la escuela como ámbito abierto, libre; un lugar impregnado de su propio entusiasmo, en donde aprender fuera sinónimo de regocijo y descubrimiento.
Vislumbraban otra forma de educar: creían en la posibilidad de orientar desde temprana edad el espíritu inquieto y entusiasta del niño o del joven, para permitirle crecer como un hombre íntegro, autónomo, capaz de liderar su propia vida y de hacerlo actuando en beneficio de un país entero.
Aunque ya entonces nuestra nación sufría el infortunio de un destino dividido por las rencillas y odios de las fracciones políticas, esos jóvenes que habían perdido en la Guerra de los Mil Días a padres y hermanos mayores, sabían -como sólo se sabe lo experimentado en la propia carne- que el único camino que valía la pena recorrer era aquél que se tendía hacia la recuperación de la paz y la esperanza. Lejos de cualquier propósito de afanosa figuración, traían prendida a la piel la urgencia de construir una patria mejor. Esa responsabilidad mayor era su intento de soñadores, y a un tiempo su ineludible deber ético: estaban impelidos a educar a los futuros ciudadanos de esa Colombia más generosa que vislumbraban.
A través de las evocaciones de otros, de la lectura de sus cartas, discursos y pensamientos se nos revela, incólume, el espíritu de nuestros fundadores. Dejemos que se extiendan en sus palabras: ¡Qué mejor que escuchar a aquellos que los conocieron a ellos mismos que son poetas y escritores!
“Era -decía Agustín Nieto Caballero- el grupo denominado Generación del Centenario. Los que con pequeñas diferencias de años habíamos llegado a la mayor edad, sobre todo a la madurez espiritual en 1910, fecha del centenario de la Independencia de Colombia. Teníamos diferentes ideologías políticas, pero estábamos unidos por el amor a Colombia, el interés por su historia, la preocupación por su desarrollo, por su bienestar, por su cultura... Pudiéramos decir que el Gimnasio Moderno fue una auténtica expresión centenarista. Como lo fue el diario El Tiempo de Eduardo Santos, como lo fueran los libros y los escritos de Luis López de Mesa, Tomás Rueda Vargas, José Eustasio Rivera, Luis Eduardo Nieto Caballero, Raimundo Rivas, Luis Cano, y de cada uno de los que formábamos la pequeña colectividad que vanidosamente llamábamos de avanzada, porque no podíamos resignarnos a permanecer inmóviles;y, para decirlo todo: nos queríamos como hermanos, y nos encontrábamos en perfecto entendimiento. Cada cual había escogido ya su camino, y por él transitaba con devoción. Se hubiera dicho que todos pensábamos que para tener alegría y éxito en la vida no hay nada como amar hondamente lo que hacemos”. (Evocación de Agustín Nieto Caballero, discurso "El Gimnasio Moderno como una expresión centenarista, pronunciado en 1973).
Ahora que ha pasado otro centenario, y que un largo transcurso se ha cumplido sobre este mismo espacio, retornar en el tiempo para escuchar esas voces primeras es volver al elemento fundador, tocar la madera y sentir de nuevo esa trepidación que acompañó los orígenes del Gimnasio.
El acto de recuperar el pensamiento de nuestros fundadores -aunque sea apenas a grandes rasgos- nos pone en contacto con lo que nos es esencial: la conciencia del espíritu con la que se creó el Gimnasio. Oír sus voces, sentir su aliento, rehacer la travesía de sus huellas, revivir los tiempos de los comienzos gimnasianos, es la única forma de transmitir su legado a las generaciones de jóvenes que no tuvimos el privilegio de conocer a estas personalidades cuya grandeza hizo historia en nuestro colegio y patria en Colombia.
Varios miembros de la familia Samper formaron parte del grupo de fundadores del Gimnasio. La suya era una estirpe regentada por dos grandes patriarcas del siglo XIX: don Miguel Samper y su hermano don José María Samper; hombres de acción impredecible, aventajada a su tiempo, y con el ánimo avizor de desarrollar grandes empresas dentro del espíritu de una modernidad que no se circunscribió a las múltiples áreas de infraestructura industrial -como sus negocios de energía eléctrica y cementos-, o al comercio de productos de exportación e importación por el río Magdalena, sino que proyectó de forma humanística la profunda inquietud política que los caracterizó como pensadores de amplísima orientación e inclinación liberal. Fueron precisamente los descendientes de don Miguel Samper, sus hijos José María Samper Brush y su hermano Tomás, los promotores de la fundación del Gimnasio.
En sus Apuntes sobre la Educación, José María Samper cuenta cómo él hizo suyas las aspiraciones de su hermano mayor Santiago Samper, “precursor incomprendido de su tiempo”. Fue en las horas de prisión y en medio del destierro que sufrió en la Guerra de los Mil Días, cuando éste concibió la idea de crear en su casa un lugar disponible para que sus compatriotas aprendieran sin sujeción a horarios. Aunque en aquel entonces no tuvo eco alguno, su visión no se desvanecería: tiempo después, sus hermanos menores, José María y Tomás Samper, respaldados por la confianza irrestricta de Agustín Nieto, acometieron la construcción del Gimnasio en los terrenos que el primero donó para esa causa generosa.
En la vida del Gimnasio sería decisiva la transformación de la compañía anónima en corporación, un paso que coincidió con el traslado del Colegio al local propio donado por José María Samper, levantado en campo abierto, terreno de diez fanegadas, y edificado con fondos donados por Agustín Nieto Caballero, así como por Rafael, Félix y José de Jesús Salazar, Gabriel y Joaquín Camacho, Luis Eduardo Nieto, Ricardo Olano, Paulina de Cano, Nicolás Camargo, Daniel Sáenz, Joaquín Samper, Sergio Martínez, y el mismo José María Samper. Fue en la puesta de la primera piedra de los edificios del Gimnasio Moderno, cuando don Agustín pronunció las palabras que mejor describirían a este último para la historia: “Una figura de hombre se destaca dentro del grupo de los trabajadores que laboran con energía y eficacia en la ejecución de esta idea. Figura recia de gran luchador, voluntad tenaz, amplio y noble espíritu, manos generosas... No es preciso decir más: sabéis todos que hablo de don José María Samper”.
Mucho después, en el día de la muerte de José María Samper Brush, Agustín Nieto hablaría de nuevo, lleno de vehemencia, sobre aquel: “De pocos hombres podrá decirse, como de él, que fue un Maestro. Fue un maestro porque vivió enseñando el bien. Fue un maestro porque realizó un ensueño. Fue un maestro porque con su vida toda nos dio una lección de amor.”
A su vez, cuando Eduardo Caballero Calderón todavía era estudiante del Gimnasio recreó la figura de José María Samper con el aura de una leyenda:
“Pero no es mi propósito el de mostraros cuál es la obra don José María Samper, que, como ya dije, se ha divulgado por propia virtud y en detrimento de ella iría todo elogio; simplemente, quiero contaros una leyenda, la leyenda del Gimnasio, que con él ha vivido casi tres lustros y seguirá viviendo, mientras él exista, llevada de boca en boca de generación en generación por los más pequeños. Oíd: como el San Nicolás de que nos hablaron nuestras madres, que salpicado de nieve, aterido el cuerpo de frío, pero el corazón hecho una llama; encorvadas las espaldas y con el saco al hombro; blancos como la nieve los cabellos y tan negros como la noche los dos ojos, llegase a nuestros hogares de noche, guardándonos del frío y llenándonos de alegría, puesto que nos colmó de cuidados de dones. Así mismo,don José maría Samper un día llamó a la puertade la reducida escuela que este plantel fue, le abrieron, y él entró para dejar colgados sus regalos para dejar también su corazón, encarnado en el único varón de su progenie, su muy amado hijo. Desde aquel momento quedose con nosotros descansando de las fatigas de su largo viaje, en el que ahuyentó la miseria; se nos dio en cuerpo y alma, volvió suyos nuestros dolores y alegrías, nos trató de padres a hijos, mirándonos, acariciando el rostro para que olvidásemos los rigores de la muerte a quienes los hemos padecido, porque somos huérfanos. Sí, don José Maria Samper ha sido también para nosotros una madre. Como la que nos dio el ser, tomándonos en brazos cuando nacimos, adormeciéndonos con dulces canciones; como esa buena madre a quien hubimos de tomar infinito afecto, hasta llegar, andando el tiempo, a tener por leyes sus palabras, a llorar porque ella lloraba y a reír porque ella reía...; así, aunque de ello no nos hayamos percatado, don José María Samper hizo cuna de riquezas al Gimnasio, cuando éste nacía y luego, luego le dio el corazón. Y el Gimnasio somos nosotros.” (Gimnasio Moderno, En memoria de José Maria Samper Brush, 28 juniode 1925).
No pudo, ser más afortunado el giro del destino que reunió a Agustín Nieto, los Samper y a Tomás Rueda Vargas en torno de la fundación del Gimnasio.
"Vemos en Agustín Nieto -decía Gonzalo Mallarino Botero- al pensador y al apóstol de un complejo de ideas que ha definido y concatenado en tesis filosófica, y en una hipótesis psicológica y social que se aplica a su patria. Vemos en los Samperes a los hombres de acción capaces de darle bases reales y funcionales al proyecto; y en Tomás Rueda a la mente realista trascendente que vincula al uno con los otros y que, a medida que el proyecto avanza, contribuye a definir su sentido cultural más amplio.” (Gonzalo Mallarino Botero, El Gimnasio Moderno en la vida colombiana 1914 -1989, pág. 85)
Juntos trabajaron animosamente como hermanos o como padre e hijos, empeñados en demostrar el carácter concreto de lo que alguna vez fuera sólo una visión febril y, con tan sólo treinta y ocho estudiantes reunidos en la casa de los Torreones, hicieron realidad un sueño.
Los cuatro fueron hombres desprendidos y comprometidos con su razón de maestros. Tomás Rueda fue rector del Gimnasio Moderno entre 1918 y 1933, hizo parte de la Misión Pedagógica -la Misión Alemana 3/4 de reforma de la instrucción pública de 1925; y Agustín Nieto fue Inspector Nacional de Educación Primaria y Normalista en los años treinta. Además de dirigir el Gimnasio, fue rector de la Universidad Nacional, de 1938 a 1940.
Si Agustín Nieto representaba una manera novedosa, "una concepción más poética de educación, su espíritu filantrópico y democrático hizo que pusiera un mayor énfasis en la dimensión sociopolítica de la escuela", según afirmó Javier Sáenz Obregón; Tomás Rueda Vargas fue el otro peso de la balanza del Gimnasio Moderno. Era el hombre llano que sopesaba el compromiso y los riesgos que constituían educar a la clase dirigente del país. "Su inteligencia -dice Gonzalo Mallarino Botero-estaba acostumbrada a tomar una distancia crítica, a darse un margen de escepticismo razonable respecto de lo inmediato, para juzgar los hechos contra el fondo de los principios trascendentes, y de una realidad con profundidad histórica y colombiana."
Fueron las suyas vidas que confluyeron armónicamente y lograron complementarse, como tan sólo sucede en esas historias donde el destino está de nuestra parte.
Nuestro poeta Eduardo Carranza desentrañó con imperiosa hondura el alma de ese otro gran hombre que formó parte de esta aventura quijotesca, Tomás Rueda Vargas:
"Don Tomás fue la cosa mejor que se puede ser en el mundo: un campesino doblado de poeta. (Profesión: vaquero, declaró alguna vez.) Pero él supo elevar el oficio del campo a una noble calidad humana, a una fina condición estética. El campo y él se entendían con la mirada, con el silencio, con la sonrisa, como dos enamorados. Como todo el que ama de veras, don Tomás sentía una especie de bondadoso desdén por los advenedizos del campo, por los nuevos campesinos flamantes: pero "Felizmente -decía-la tierra es muy celosa y sólo se entrega a quienes la aman de veras. ¡ Y qué bien conoce ella sus enamorados! Sólo quienes hemos vivido en su callada intimidad, sabemos qué tan leal es para los suyos, qué tan indiferente, tan irónica también, para los otros". Ese diario contacto con la naturaleza le hizo noble, puro, bondadoso, le dotó de un generoso idealismo comunicativo; le infundió una grave y austera pasión nacional. Soy en el buen sentido de la palabra, bueno", hubiera podido decir don Tomás como Antonio Machado: sólo que don Tomás no lo hubiera dicho; tal vez ni lo hubiera pensado. Porque, me parece, se es bueno sin saberlo. Don Tomás Rueda era profunda y absolutamente colombiano. Tal vez a nadie he sentido yo tan compatriota como a él. Y esto debieron experimentarlo muchas personas. Y es que Don Tomás ha sido tal vez, la más pura y noble figura en que se haya estilizado el barro colombiano. Don Tomás era un neogranadino; en él latía, íntimo, incontaminado, el espíritu de los abuelos cuya mirada perdida en lo romántico, en lo desesperado, en lo imposible, se desvanece en las mudas oleografías amarillas, en los antiguos retratos descaecidos. Don Tomás era de aquel linaje de hombres de los que modelaron con la punta de su alma el perfil de esta República; de los que escribieron El Mosaico y suspiraban en la penumbra azul de la María; de los que amaron y soñaron y cantaron bajo el árbol patético de la guerra civil, de los que contaban con labios trémulos la gesta de los libertadores; de los que decían "volverán las oscuras golondrinas", con la voz levemente empañada; de los que escribían Patria y Bandera y Amor y Ensueño y Heroísmo con mayúscula; de los que en la madrugada prendían la fogata revolucionaria y por la noche encendían la tierna enredadera de la serenata, de los que crearon la nacionalidad y se sentían un pedazo de sus entrañas...". (Prólogo escrito por Eduardo Carranza al libro La sabana y otros escritos del campo de la ciudad y de sí mismo, de Tomás Rueda Vargas, pág, XL).
Eduardo Caballero Calderón, hablando de Tomás Rueda Vargas, hacía la siguiente reflexión:
''La diferencia fundamental entre los hombres de pensamiento y los de acción puede resumirse en esta forma: el primero camina en el tiempo y el segundo en el espacio. Mientras el uno se adelanta cien años a sus contemporáneos, el otro avanza cien kilómetros. Del primero queda generalmente un libro y del segundo una historia; pero ésta raras veces va más allá de su personaje principal, mientras que aquél sigue caminando en el tiempo. …Entre estas dos especies fundamentales de hombres don Tomás está del lado de Montaigne y no del lado de Colón. Pero, con todo, sigue siendo un derrochador de sí mismo” (Ibid, pág. VII.)
Qué síntesis tan maravillosa de un carácter: "un derrochador de sí mismo"..., y lo fue, sin duda alguna, pues no se guardó para sí mismo, y no tuvo tampoco el cuidado de registrar su pensamiento de forma ordenada y meticulosa. Quizá porque su ligazón con la educación era una cuestión, más de un espíritu sensible y un intelecto asombrado, que de una rigurosa mente académica. Tomás Rueda Vargas amaba entrañablemente a la sabana. Alfonso López Michelsen, quien fuera su alumno, describió su temperamento y su relación con el conocimiento en el prólogo a su libro póstumo A través de la vidriera, comparándolo con el barón de Humboldt, preso de la misma fascinación ante la sabana, que para él fue un taller en donde cada flor, cada tronco, cada animal o ser escondían un nombre, una familia y una leyenda por descubrir.
Tomás Rueda Vargas alternó sus ocupaciones y sus solaces de señor campesino con la dirección de la Biblioteca Nacional, la rectoría del Colegio Nacional de San Bartolomé y el consiliario de la Universidad del Rosario. También fue representante a la Cámara, aunque de un modo fugaz porque no hacía política; más bien influyó en ella, a través de la digresión y de los continuos diálogos que mantenía con los gobernantes y hombres de letras que tuvieron el privilegio de ser sus amigos.
Había nacido poco más de una década antes que Agustín Nieto, pero además de tener la afinidad de ser maestros conscientes del desafío que ese título entraña, a ambos los emparentaba el delicioso tono para decir del modo más fino y agudo posible lo que tenían que decir. Hablaban y escribían con sencilla claridad, elegancia de estilo, y con ese sutil sentido que caracteriza al humor bogotano. "Con frecuencia -anotaba López Michelsen- una anécdota mordaz sirve para ilustrar la solución de un problema actual, como no podría hacerlo ninguna pedante disquisición filosófica."
Sobre Tomás Rueda Vargas apuntaba lo siguiente Eduardo Caballero Calderón:
"Su estilo de escritor y de conversador son uno mismo: claro, directo y fuerte, que traduce sin titubeos ni vaguedades todo su pensamiento. ( ..) Lo clásico nunca ha representado otra cosa para él que la transparencia del espíritu, que se manifiesta al desnudo y tal como es en el lenguaje. Don Tomás tiene ese estilo llano( ..) porque él es de esa manera". "Si me he detenido más de lo que es de rigor en el estilo en que habla y escribe don Tomás -aclara en otro aparte de su descripción-es porque sigo creyendo que el estilo es el hombre, y porque don Tomás es dueño de uno de los más bellos que conozca en mi lengua."
Agustín Nieto cuenta en una entrevista, en 1964, cómo Tomás Rueda Vargas entró al Gimnasio para quedarse para siempre:
“… Nosotros comenzamos en una pequeña casa cerca a los cerros, en la esquina de la calle 47 con la carrera 7, pero aquello, la carrera 7, era simplemente un camellón, por donde pasaban los carros de la leche: recuerdo que Don Tomás Rueda Vargas llamaba al carro de la leche la vía láctea y él pasaba siempre con su vía láctea, y algún día yo lo retuve muy recién fundado el Gimnasio, hacía unos 6 meses y le dije: -''Don Tomás, por qué no baja usted y le conversa un rato a estos muchachos sobre algo que le oí hablar hace pocos días, la vida de Nariño". Y él consintió, pero fíjese usted cómo eran las cosas entonces: él amarró el caballo en el poste de la luz, puso sus zamarros encima de la montura; entonces se podía dejar todo, no había entonces raterismo ni ninguna de esas cosas que hemos visto después. Entró a conversarle a los muchachos y se encantaron de tal manera que de ahí en adelante cada vez que pasaba la vía láctea, se bajaba de su caballo Don Tomás Rueda Vargas y entraba a conversar con los muchachos…”
Por su parte, Agustín Nieto Caballero fue un humanista, no tan sólo por sus dotes culturales, por su insuperable dominio de su lengua nativa, o porque a la perfecta fluidez con que manejaba el inglés y el francés sumaba el conocimiento de la cultura, la historia y la literatura de los pueblos en los que habían brotado. Era un humanista a carta cabal, más que por su vastísima formación cultural alimentada en múltiples fuentes, afortunada confluencia de vertientes dispares, sino por su extraordinaria condición humana: su carácter y su espíritu fueron sus mejores atributos. Mallarino Botero lo describió con certera precisión así: “Era hombre que se expresaba con autenticidad y sin esfuerzo. Quiero decir que no sólo transmitía ideas, imágenes, y sentimientos y sentimientos, sino que se expresaba a sí mismo como la parte menos intencionada de su lección y tal vez la más duradera,” (op.cit., pág. 20)
Don Agustín había quedado huérfano de madre a temprana edad y luego de su padre; siendo aún muy joven traspasó las fronteras junto con su hermano mayor, Luis Eduardo. Se hizo bachiller en los Estados Unidos con los hermanos cristianos. Sus nefastos recuerdos de su vida escolar y su honda tristeza de niño solitario fueron la raíz de esa determinante decisión que lo impulsó a soñar una escuela llena de afecto y de amor hacia los niños y adolescentes, para que las futuras generaciones, no pasaran por el suplicio que él había vivido.
Por ello, luego de haber vivido diez años largos en Estados Unidos, y de haber estudiado Derecho en Europa, además de Filosofía y Sociología, se orientó finalmente hacia el estudio de las Ciencias de la Educación en la Sorbona y en el Colegio de Francia. Y luego ya abogado, Filósofo, sociólogo y experto en Ciencias de la Educación, sintió la urgencia de penetrar también en la Psicología, y se trasladó de Europa a los Estados Unidos de América, allí asistió al Teacher College of Columbia University, donde atendió a las clases de John Dewey, ese otro pedagogo pionero que innovaba en los clásicos métodos de enseñanza con las propuestas que constituyeron la esencia de la famosa Escuela de Chicago. “Así pues -resalta Antonio Rocha Alvira- Decroly, Montessori y Dewey constituyeron el mensaje, la buena nueva con que regresó bien provisto y nutrido del espíritu, seguro y optimista, Don Agustín Nieto Caballero a su patria bien amada (Agustín Nieto Palabras a la juventud, Pág.11)
Era, por encima de todo, un hombre honesto convencido de sus principios y coherente en su acción. Javier Sáenz Obregón cuenta que cuando don Agustín retornó al país su intención era colaborar con el gobierno conservador del momento para desarrollar una reforma de la instrucción pública bajo la orientación de la pedagogía activa. La creación de una escuela pública experimental se le planteaba como una esperanzadora posibilidad de formar a los maestros con estos nuevos métodos que transformarían radicalmente las experiencias escolares de los niños y jóvenes del país. Sin embargo, cuando se entrevistó con el presidente de la República -Carlos E. Restrepo-, éste lo disuadió de tal proyecto para librarlo de las trabas oficiales que interpondría la Iglesia Católica, ya que en ese momento las comunidades religiosas eran las encargadas de impartir la educación pública. Agustín Nieto desistió de ese empeño para evitar poner en peligro la, de por sí, precaria armonía del país. Esto fue decisivo en la conformación del Gimnasio Moderno como institución privada.
Las palabras de Tomás Rueda Vargas en el preámbulo de los Estatutos del Gimnasio demuestran el talante de nuestros fundadores, pues lo que comenzó como una compañía anónima dejaría de serlo para impedir que con el pasar de los años el criterio comercial llegara a tener prioridad sobre su misión pedagógica. En dicho texto instaba, sin transacciones posibles:
“A quemar las naves que a nosotros mismos pudiera invitar a la codicia, a ahogar cualquier germen de tentación de lucro en una obra nacida del más noble desinterés, al cual atiende y obedece la organización en forma de corporación que nos acabamos de dar. Así, muerto por nuestras propias manos, cualquier conato de obtener un dividendo material, o reembolso futuro por el dinero invertido, quedan cerradas nuestras puertas, a quienquiera que vea en nuestro cercado campo de ganancia personal, y abiertas para todo espíritu levantado que se considere tanto más rico , cuanto más enriquezca con el sobrante de sus haberes, o con el concurso de su inteligencia, una obra de alcance incalculable en el porvenir de Colombia”. (Estatutos del Gimnasio Moderno, reforma aprobada por la Sala Plena en la reunión del 30 de Septiembre de 1998. pág. 5)
No hay empresa humana, por generosa que sea, que esté exenta de los avatares que surgen de las discrepancias de criterios, de los momentos de incertidumbre que preceden toda transformación, Así, en aquel numeroso grupo de caballeros que en 1914 había fundado el Colegio en forma de compañía anónima por acciones y encargado de su dirección al doctor Alberto Corradine, se presentaron desacuerdos y al finalizar ese primer año, tanto éste como varios de los accionistas se separaron, y en los meses siguientes fueron quedándose otros en el camino. Fue entonces cuando los que restaban pidieron a España, por la intervención del señor Rafael Altamira, un director, que sería Pablo Vila; y mientras éste llegaba ocupó su lugar Agustín Nieto Caballero. En 1920, Tomás Rueda escribe al director de Cromos una carta sobre lo que había sido la Fundación del Gimnasio, con el propósito de aclarar algunos puntos y desvanecer ciertos prejuicios que se habían formado al respecto:
''En abril de 1915 llegó a hacerse cargo del puesto el institutor catalán don Pablo Vila, quien en los tres años que lo desempeñó dio forma práctica a las aspiraciones de los principales fundadores, poniendo en ello todo el entusiasmo de una vocación auténtica y todas las capacidades de un hombre dotado del don de organización. Surgieron, a fines de 1917, diferencias entre el rector y la junta directiva, en la apreciación de algún problema que se rozaba con ideas educativas, y por mutuo acuerdo se canceló el contrato a Vila, que tan benéfico había sido al colegio, y como consecuencia de ello fui yo llevado del manso pastoreo de los ganados a este complicado regir de almas". (Tomás Rueda Vargas, 1920)
Cuando fue necesario, Tomás Rueda comentó abiertamente a don Agustín, en su correspondencia, sus preocupaciones frente a la laxitud en la Disciplina asumida por el Director Vila, maestro español:
"He dicho y repito que el elemento que forma y formará el núcleo principal de alumnos del Gimnasio, perteneciendo a las clases dirigentes (por no llamarlas aristocráticas, término mal avenido en una República), lleva ya en sí mismo una idea exagerada de su propio valer, de superioridad social, y de lo poco o nada que el colegio-cualquiera que sea-podrá añadir a su persona, ni influir en su porvenir que él cree le pertenece par droit de naissance y no por derecho de conquista propia, que sería lo conveniente que él creyera. La disciplina exageradamente pacifista de que usted; el señor Vila, don Chepe y la señora Montessori, (c.p.b) son apóstoles en ambos continentes y la cual creo buena para los niños pequeños y para los pobres de nuestros campos y ciudades, a quienes hay que tranquilizar e inspirar la confianza perdida por una tradición de golpes, esa disciplina, digo, la hallo igualmente provechosa aún para muchachos volantones en lo que trata de corregir al alumno individualmente y tiende a suprimir las castigos brutales, infamantes e injustificados: pero llevada toda su extensión con chicos cuyo origen y tendencias son los indicados arriba y que van llegando a una edad en que todo en una sociedad pequeña, vanidosa, y plutocrática, tiende a robustecer en ellos esa idea de superioridad nativa a la que he aludido; y llevada así, produce el desorden de la colectividad y conduce al muchacho a una independencia prematura que sólo le servirá para botar más prontamente la carga de los estudios. Yo considero excelente el trabajo individual que en el sentido de que vengo hablando se hace sobre cada muchacho, pero no siento como yo quisiera la vibración colectiva de la corporación. Yo creo que el señor Vila tiene cerebro suficiente y le sobran alma y corazón, pero esto mismo no le ha dejado ver la precocidad de nuestros muchachos y la necesidad de arrimarles las espuelas en determinados momentos, para que siguiendo la fraseología sabanera, cojan bien el freno y apoyados en él empujen hacia delante." (Correspondencia de Don Tomás a Don Agustín, agosto 29 de 1916)
No es un mero decir, afirmar que el espíritu de nuestros fundadores permanece vigente. Esa digresión que planteaba don Tomás a don Agustín se escucha hoy en día, y es una inquietud constante cuya permanencia obedece a que el Gimnasio ha irrumpido e irrumpe en la forma tradicional de la educación. En sus tiempos se instaba a ejercer lo que él llamaba las “indiscreciones gimnasianas”. Aún reina ese mismo espíritu indiscreto, crítico. El Gimnasio no tiene respuestas, tiene preguntas. Esta es la gran diferencia con otras instituciones. El Gimnasio es una escuela viva, joven, no anquilosada, que a pesar de sus 88 años, permanece flexible, en constante movimiento y reflexión sobre su quehacer. Es un ser vivo, “es un alma en tensión”, como nos recuerda don Agustín, cuyo pensamiento reaparece, una y otra vez, a lo largo de este proyecto que es, de hecho, la prolongación de su existencia. El Gimnasio se gestó entre las raíces hondas de su sueño pedagógico, creció bajo su sombra, alimentado por sus palabras, que son, a una vez, manantial, fuente originaria y savia atemporal que nos nutre. |